Literatura barata

Llegué a casa a las siete. Mi cabeza dolía. Decidí ir a la cocina por algo de comer: sólo había huevos en la heladera. Tomé uno, y lo herví. El dolor de cabeza persistía. Cerré los ojos un momento, y respiré. Comí, sin muchos ánimos.
Me acosté a dormir, con lágrimas cayendo por mis mejillas. No estaba segura de por qué tenía esas inmensas ganas de estar lejos, y que a nadie le interesase dónde estuviese.
Ella llegó. Lo noté por su característico portazo malhumorado. Me sentí tan pequeña. Me levanté, como pude, algo mareada, a saludarla. No debía darle causas para que hiciera empeorar mi dolor de cabeza. Volví a la cama. Comencé a sentir náuseas. Las ignoré.
Desperté confundida. Tenía frío y todo se sentía extraño. La puerta de mi habitación estaba abierta (yo creía haberla cerrado). Escuché caer estrepitosamente muchos litros de agua, cual interminable catarata. Esa insoportable y no-transmisora de saberes, ni contenido alguno, que tanto identifica a sus televidentes, también conocida como “novela” o serie, se oía de fondo, al máximo volumen posible para la pequeña y vieja televisión de veintiún pulgadas. Personalmente consideré esto como una ofensiva, intencional, a mi persona; ella sabe cuánto me molesta que la televisión se adueñe del ambiente, convierta la casa en una algarabía, y a sus habitantes en seres no pensantes.
Sabía que era inminente su estallido. Acostada, decidí cerrar los ojos, calmar mis temores, que realmente eran infundados, porque sólo suponía el caos por un conjunto de conjeturas; hasta que sonó. El portazo. Sus gritos habían comenzado: pero no eran contra mí, al menos inicialmente. Eran contra la pequeña Cleo. La fiel perrita que nos acompaña desde hace diez años. Estoy casi segura de que la había pateado. El tsunami se acercaba.
Cuando la escuché alejarse, para ir a parar la pérdida del fluido que producía el estruendoso ruido de catarata, proveniente del tanque de agua que se estaba rebalsando, me apresuré a levantarme e ir al baño. Sentía la cabeza como si fuese a explotar. Volví a mi habitación tan rápido como pude, cerré la puerta, y retorné a mi refugio: la cima del gran ropero que hay en la habitación. Claramente, me vi obligada a llegar allí volando, porque soy muy pequeña, débil y mis patas no son aptas para trepar. Pero de nada sirvió. Apenas me acomodé en mi escondrijo, ella entró de forma muy violenta. Me buscó con la mirada, y cuando pudo divisarme, no hizo más que descargar todo el resentimiento que llevaba en su interior. En esos momentos, yo me convertía en la más mala de las malas, la peor de las peores. Todas las culpas recaían en mí. El tanque de agua rebalsando, era mi culpa. El desorden en la casa, era mi culpa. Sus problemas laborales, eran mi culpa. Que ella no hubiera vuelto a hacer su vida luego de que mi padre se marchara, era mi culpa. Era tan difícil para mí ignorarla, teniendo en cuenta que en algún momento ella había sido mi soporte moral, emocional…
No le respondía. Me había dado cuenta de que si le respondía era peor, porque no me entendía. No sé si era porque mi canto era muy agudo, mi pico muy débil, o nuestro idioma diferente. Me costaba mucho callar, pero era lo mejor que podía hacer para no empeorar la situación. Hasta que me amenazó con lo peor que su mente podía imaginar: que me iba a enjaular. Cerré los ojos. Siguió chillando barbaridades. Me sentí muy herida por su comentario, pero no por lo que significara éste, si no por la forma en que lo decía, y el cúmulo de odio que se desprendía de sus cuerdas vocales. Porque cuando tenía un ataque, nadie podía cuestionarla, ni ignorarla. Y ahí yo la encontraba a ella siendo pequeña. Me daban ganas de bajar a picotearle la cabeza para despertarla de esa pesadilla constante en la que estaba sumida, y la hacía actuar de esa forma tan ridícula.


Al terminar de liberar todo el rencor contenido en sus entrañas, y luego de horas de murmurar quién sabe qué barbaridades mientras daba vueltas por la casa, yo ya no pude conciliar el sueño. Sólo caían lágrimas de mis ojos. Quería volar muy muy muy lejos, como papá había hecho. Pero noté dos cosas: primero, que no sabía cómo. Nunca había volado más del suelo al ropero. Con el tiempo aprendería, o eso esperaba. Y segundo, que su amenaza de enjaularme, no era más que un intento por proyectarme su mayor miedo; que casualmente, era su realidad: ella era quien estaba enjaulada.

Texto de mi autoría, utilizando la teoría del extrañamiento.
Miércoles 25 de Junio de 2014

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