Literatura barata
Llegué a casa a las siete. Mi cabeza dolía. Decidí ir a la cocina por algo de comer: sólo había huevos en la heladera. Tomé uno, y lo herví. El dolor de cabeza persistía. Cerré los ojos un momento, y respiré. Comí, sin muchos ánimos. Me acosté a dormir, con lágrimas cayendo por mis mejillas. No estaba segura de por qué tenía esas inmensas ganas de estar lejos, y que a nadie le interesase dónde estuviese. Ella llegó. Lo noté por su característico portazo malhumorado. Me sentí tan pequeña. Me levanté, como pude, algo mareada, a saludarla. No debía darle causas para que hiciera empeorar mi dolor de cabeza. Volví a la cama. Comencé a sentir náuseas. Las ignoré. Desperté confundida. Tenía frío y todo se sentía extraño. La puerta de mi habitación estaba abierta (yo creía haberla cerrado). Escuché caer estrepitosamente muchos litros de agua, cual interminable catarata. Esa insoportable y no-transmisora de saberes, ni contenido alguno, que tanto identifica a sus televidentes, también c...